La luz de la Navidad no es solo un resplandor que ilumina las calles o un adorno de temporada: es un lenguaje universal.
En los países del norte, donde el invierno parece no terminar nunca y la oscuridad se alarga sobre los días, cada vela encendida se convierte en un pequeño acto de resistencia, un gesto de calor compartido. Es como si la llama contuviera en sí la promesa del regreso del sol.
Y, sin embargo, incluso donde nunca falta la luz natural —en los lugares bañados por el sol, donde las palmeras se mecen al viento y el mar refleja el cielo— las luces navideñas logran añadir algo más. Recuerdo las palmeras iluminadas de Miami Beach, los hilos dorados que seguían los troncos y trepaban por las hojas, creando una alquimia insólita entre el calor tropical y el espíritu festivo. Aquella imagen, quizás precisamente por el contraste, me devolvía la idea más auténtica del calor: no el del clima, sino el que nace de los gestos, del compartir, de sentirse parte de una misma luz.
Y tal vez ese mismo calor, esa luz común, también se encuentra en la dimensión del trabajo y la formación. Porque construir, idear y proyectar junto a otros es otra forma de encender pequeñas luces. Cuando, como estudiantes, se elaboran maquetas a escala, se discuten modificaciones o se buscan soluciones juntos bajo el cielo artificial de Tulip o alrededor de la mesa luminosa del Orchard Heliodon, ocurre algo semejante: el grupo se calienta, los pensamientos se entrelazan y las ideas toman forma como chispas de una misma llama.
A través del diálogo y la colaboración se crece como proyectistas, pero sobre todo como personas. Es un camino de descubrimiento mutuo, de escucha y complicidad, en el que cada esfuerzo compartido se convierte en parte de una luz mayor.
Y esas experiencias —las horas compartidas, las ideas que se encienden, el esfuerzo común— permanecen. Siguen iluminando incluso con el paso de los años, cuando la profesión se hace realidad. Quizás entonces, en medio de una obra o frente a un nuevo proyecto, regrese ese recuerdo de equipo, ese calor vivido al construir algo juntos.
Una luz que nunca deja de brillar, dentro y alrededor de nosotros.
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